EL MISTERIO DE TUTANKAMON
LA MUERTE
LA MUERTE
Mucho se ha especulado sobre
la muerte de Tutankamón. Algunas teorías apuntaban a que fue asesinado de un
golpe en la cabeza (luego se determinó que el cráneo se fracturó durante el
embalsamamiento de la momia). También se dijo que su propio carro le pasó
encima luego de una caída, aplastándole el torso (faltaban algunos huesos del
pecho en la momia).
Pero Zahi Hawass, ex
ministro de Arqueología de Egipto, dio a conocer en 2010 (National Geographic)
que tomografías computarizadas (TC) realizadas en 2005 a la momia de Tutankamón
y un estudio paleogenético demostraron que el joven faraón murió de malaria,
después de sufrir una lesión en la pierna.
Sin embargo, el genetista
italiano Giuseppe Novelli publicó un artículo en la revista “Nature”
cuestionando los resultados de la investigación de Hawass.Novelli argumenta que
“encontrar pruebas de la existencia del parásito de la malaria no resulta tan
sorprendente, ya que debía ser bastante común en Egipto. Además, en las
regiones palúdicas, las personas que sobreviven en su infancia suelen desarrollar
una especie de inmunidad parcial contra la malaria que las protege de la
enfermedad en las etapas adultas de su vida”.
Hawass indica que la familia
real no padecía alguna enfermedad congénita, como el síndrome de Marfan, que
explicara las caras alargadas y el aspecto feminizado observado en las
representaciones artísticas del período de Amarna.
“Tutankamón tenía el pie
izquierdo equinovaro, le faltaba un hueso en uno de los dedos, y algunos huesos
del pie estaban necrosados. Los estudiosos ya habían señalado que en la tumba
de Tutankamón se habían hallado 130 bastones completos o fragmentarios, algunos
de los cuales muestran claros signos de uso”.
Hawass aclara que los
báculos no eran símbolos de poder y descarta que la lesión en la pierna de Tut
fueran post mórtem. “Nuestros estudios demostraron que hubo crecimiento óseo
como reacción a la necrosis, prueba de que se produjo estando vivo el rey”.
Hawass concluye que la
enfermedad ósea de “Tut” no lo mató, pero sí pudo hacerlo la malaria, pues contrajo
en varias ocasiones la forma más grave de la enfermedad, y aún si hubiera
adquirido inmunidad parcial a la malaria “pudo debilitarle el sistema
inmunitario y hacerlo propenso a complicaciones tras la fractura de la pierna”.
Hawass afirma que la salud
de Tutankamón estuvo comprometida desde el momento mismo de la concepción. “Sus
progenitores eran hermanos, hijos del mismo padre y la misma madre… Los
hermanos casados entre sí tienen más probabilidades de legar a su descendencia
dos copias de un mismo gen defectuoso, haciendo que sus hijos puedan tener
defectos genéticos.
Quizá la malformación del
pie de Tutankamón fuera uno de ellos. Sospechamos que además tenía el paladar
parcialmente hendido, otro defecto congénito. Quizá pasó la vida luchando
contra estas y otras afecciones hasta que un acceso grave de malaria o una pierna
rota en un accidente superaron la capacidad de resistencia de su organismo”.” Otro
emotivo testimonio de las consecuencias del incesto real podría estar enterrado
en la tumba de Tutankamón.
Por más de 3270 años su cuerpo había quedado oculto a los ojos del mundo. A la codicia y la maldad de la raza humana. Al igual que sus antecesores, Tutankamón había sido enterrado en el Valle denominado de los Reyes. Todos aquellos que reinaron sobre la misteriosa raza descansaban allí en uno u otro lugar. Por siglos el Valle de los Reyes había sido saqueado por todo tipo de maleantes, aventureros, conquistadores y, finalmente; los arqueólogos que deseaban los ocultos tesoros del lugar. El valle fue saqueado de una forma tal que sus paredes graníticas parecían un paisaje escapado de la Luna. Se llegó al convencimiento de que todos los Faraones habían rendido sus secretos a la Humanidad en una u otra forma. Pero aún quedaba una... Tutankamón.
Muerto
en plena adolescencia en el año 1340 antes de Cristo, nadie sabía con
exactitud en donde se hallaba su tumba. Howard Carter se encontraba
trabajando para el gobierno de Egipto como Inspector General del Departamento
de Antigüedades.
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Había
dedicado casi la totalidad de su vida científica a la tarea que le llevaba de
la mano. El descubrimiento y conservación de los tesoros escondidos en las
tumbas reales. Uno tras otro los arqueólogos que buscaban la tumba de
Tutankamón se dieron por vencidos. Liquidaban sus expediciones y volvían a
sus tierras y a sus Universidades contando lo que podía haber sido.
Solo
uno permaneció expectante. Howard Carter estaba decidido a develar el
misterio del Faraón adolescente. Desde 1917 se dedicó a excavar en los restos
de los otros arqueólogos. No teniendo el capital suficiente, muchas veces él
mismo tenía que emprender la tarea con algún estudiante, discípulo u obrero
mal pagado. Excavaba en los sitios en que se había excavado con anterioridad
por dos motivos. Primeramente porque de esta forma se ahorraba en mano de
obra y por otra porque ya había camino adelantado en las excavaciones
abandonadas. Era un juego rutinario pero que podía rendir frutos. La
principal ventaja de Carter era su profesión. Residiendo en Egipto,
trabajando para el gobierno tenía todo el tiempo del mundo para finalizar su
tarea (si lograba el éxito). Los informes mostraban que, efectivamente; la
tumba de Tutankamón no se había encontrado aún. Que estaba allí desafiando
todos los esfuerzos para dar con su paradero. Por lo tanto Carter se dedicó a
esta tumba especialmente.
EL DESCUBRIMIENTODE LA TUMBA
Y por
fin, el 26 Noviembre de 1922 sus esfuerzos de varios años dieron el resultado
apetecido. La entrada a la tumba fue descubierta. Dieciséis escalones que
conducían hacia las profundidades (esto dio pie a la teoría de que Tutankamón
solo tenía 19 años al morir.) Tras bajar los escalones Carter se encontró en
una antecámara. Tras de él se encontraba Lord Carnavon, arqueólogo aficionado
y el hombre que había suministrado el dinero para la tediosa y costosa
operación de rescate, Carter se inclinó ante la puerta de granito. Una puerta
maciza grabada con todo tipo de signos jeroglíficos. Bajo la puerta había una
especie de rajadura por la cual podía verse hacia adentro. Carter se inclinó
con su linterna y la enfocó hacia la Tumba Real. Por varios minutos
permaneció inmóvil viendo lo que acabamos de describir. Los tesoros
incontables que brillaban en la oscuridad y que adquirían dimensiones propias
al ser violados por la luz eléctrica... casi 3500 años después de su
desaparición.
Los
tesoros que yacían en aquella tumba, como diría Carter más adelante
"estaban fuera del ámbito terrestre, sencillamente no tenían precio para
ser evaluados." No andaba lejos de la verdad. Piedras preciosas en
montones. Muebles de oro sólido, vasos de exquisita configuración, mantos reales
conservados en perfecto estado, y finalmente un trono real de oro que por sí
solo valía el rescate de un Emperador. Todo esto sin contar infinidad de
pequeños objetos, cada uno de los cuales hubiese hecho las delicias de
cualquier museo en el mundo a un precio de millones. Todo junto, lo contenido
en las cuatro cámaras encontradas fue descrito por el arqueólogo americano
James Breadstad como "Los inmensos e incalculables tesoros de un niño
que dominó el mundo mucho antes de que se conociera Creta, antes de que
Grecia fuera concebida o Roma creada... y cuando aún más de la mitad de la
historia de la civilización estaba por escribirse".
Y sin
embargo, el momento más emocionante y remunerador tendría que venir dos años
después, el 3 de febrero de 1924, cuando Carter y su cuadrilla finalmente
abrieron la puerta en la última cámara, la dedicada a tumba del Faraón
especialmente. Un grito de admiración escapó de la garganta en los pocos
presentes. Estaban ante un masivo ataúd de granito de más de nueve pies de
largo. Dentro del ataúd había otros tres más pequeños que a su vez se fijaban
uno en el otro con pasmosa precisión. Los dos exteriores hechos de madera con
incrustaciones de oro y piedras preciosas en la parte interna. Y el tercero y
último conteniendo los restos del faraón adolescente hecho de oro sólido.
Allí estaba el cuerpo momificado del faraón Tutankamón. Su rostro cubierto
con una máscara que semejaba sus facciones aniñadas y también de sólido oro.
Carter
y sus obreros no constituían los primeros violadores de la tumba. A las
claras se veía que, ladrones del Valle de los Reyes habían penetrado en ella.
Aun cuando ninguno de ellos se atrevió a tocar el ataúd real. Los sellos en
las puertas habían sido rotos y arreglados nuevamente por los guardianes.
Tutankamón fue violado en su descanso eterno por Carter. Estos históricos y
maravillosos descubrimientos atrajeron la atención internacional en el acto.
Cientos y miles de turistas llegaron al Valle de los Reyes desde todos los
ámbitos del mundo. Caminaban por el polvo del desierto excavando, pateando y
apartando cuanta piedra había en su camino con la esperanza de encontrar
algún objeto precioso perdido.
Esto
hacía que Carter tuviera que mantener continua vigilancia 24 horas al día
sobre su descubrimiento. Pero aún más que los tesoros había algo que atraía
la morbosidad de la multitud. Se corría entre los egipcios una leyenda. Se
decía que todo aquel que violara la tumba del faraón Tutankamón encontraría
muerte por su profanación. Una maldición ancestral, mística y horrenda que
escapaba desde las gélidas paredes de la tumba subterránea y que detenía a
todo aquel que se acercara a ella con la excepción de Carter y su equipo.
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LA MALDICIÓN COBRA FORMA
Sintiéndose
muy solitario y cansado, Carter había instalado en la tumba - donde trabajó
diariamente durante 16 años - una jaulita con un canario, cuyo canto ponía algo
de alegría en el sombrío ambiente. Una tarde notó que el canto se interrumpía
bruscamente y, al levantar la vista, vio una cobra (la serpiente guardiana de
los faraones y encarnación de la diosa Edjo) devorando a su infortunada
mascota...
La
maldición comenzó a confirmarse. Lo que comenzó como un simple cuchicheo
terminó por convertirse en trágica realidad, en apariencia. La muerte de Lord
Carnavon fue el gatillo que disparó la imaginación del mundo entero. Murió el 5
de Abril de1923, apenas diez meses después de haber penetrado en la Cámara Real.
George Edward Molyneus Herbert, más conocido como el quinto conde de Carcarvon
había tomado la egiptología y la arqueología con la misma pasión que otros
millonarios y miembros de la nobleza toman los deportes o la sociedad. Mientras
que se encontraba en los días del sensacional descubrimiento fue picado por un
mosquito en la mejilla izquierda. No le prestó la menor atención a la picada de
mosquito, un incidente que ocurría día a día y a millares de turistas y
locales. Una semana después, mientras que se afeitaba se cortó encima de la
picada anterior.
De
repente, un par de días más tarde comenzó a sentirse mal de salud. Y se agravó
tanto que tuvo que ser trasladado al Cairo con urgencia. El 17 de marzo se
conoció que una grave infección le había atacado la garganta, el oído interno y
el pulmón derecho. Los doctores en El Cairo le dieron diversas inyecciones de
suero que, aparentemente detuvieron el curso de la enfermedad. Sin embargo el
27 de marzo un ataque fulminante de neumonía se extendió por ambos pulmones.


